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La piedras rodantes del Popo

Eso que dicen de que tu vida pasa frente a tus ojos cuando estás al borde de la muerte es una mentira. No es que al estar a punto de caer de un volcán me ponga a recordar mi infancia, las novias que tuve, mis logros académicos o personales, no, lo único que pasaba por mi mente eran rezos y plegarias para que en mi camino encontrara una roca de la cual pudiera sostenerme para detener mi caída.

Hace algunos meses fui de excursión al Popocatépetl, el cual decidí escalarlo junto a un amigo pese a que las autoridades del lugar no lo permitían debido a la actividad, pero como buenos jóvenes Millennials no hicimos caso y lo intentamos a espaldas de quienes nos negaban el acceso. No íbamos a permitir que nadie nos impidiera cumplir un sueño y experimentar la emoción de escalar un volcán activo. Sabíamos que arriesgábamos nuestra vida pues Don Popo podía hacer erupción en cualquier momento y carbonizarnos, pero jamás imaginamos lo que en realidad nos pasó, bueno, lo que me pasó, pues mi acompañante bajó sano y salvo.

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Ya era tarde cuando comenzamos a escalar, el sol comenzaba a ocultarse y el tono rojizo del cielo era nuestra única luz natural por el momento. Pero cuando el astro rey decidió irse a dormir y darle la bienvenida a la noche, ya habíamos recorrido un par de kilómetros y la neblina o la fumarola no nos permitían ver bien pese a que llevábamos un par de linternas. Fue entonces cuando sentí que pisé algo, como una roca, y el tobillo se me rompió. Al menos eso pensé por el intenso dolor que comencé a experimentar y el crujido que se escuchó. Deseaba que haya sido una roca que se rompió lo que había escuchado, después de ese pensamiento, inicié mi caída.

Comencé a rodar, mi mochila se cayó en algún momento mientras yo gritaba y daba vueltas, no podía detenerme y los gritos de mi amigo ya se escuchaban lejos, sabía que la caída sería larga si no encontraba algo con qué detenerme, rezaba para que una roca se cruzara en mi camino y tuviera la reacción de tomarla. Pero nunca pasó. No sé si por tanto encomendarme a todos los santos me detuve de repente, con el corazón acelerado y dando gracias al cielo de seguir vivo. Mi amigo me alcanzó y llamó a la policía local, la cual no nos regañó ni nos multó por nuestra travesura, quizá creyeron que el dolor que había padecido era suficiente castigo.

Me hicieron curación de heridas, las cuales estaban a lo largo y ancho de mi cuerpo. Ardían hasta lo más profundo del alma, quemaban algunas, pero sólo eran superficiales y los médicos creían que iban a sanar rápidamente. Lo único que tardaría en recuperarme era del tobillo, el cual, en efecto, se quebró. Tuvieron que enyesármelo y así estaría un par de meses, quizá más, pero era mi castigo mis locuras, creo que de ahora en adelante pensaré bien las cosas antes de aventurarme al peligro.

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